No voy a hablar del curso, sino que me he permitido la licencia de tomar el mismo título para hablar de un tema relacionado con algo que ha sucedido esta semana.
Si seguís la actualidad a lo mejor os llamó la atención el proyecto de ley que se debería convertir en la flamante Ley Catalana del Cine y que se ha enviado esta semana a los que puedan estar afectados para que puedan manifestar su opinión antes de la votación.
Pues bien lo que esta “ley ” propone, en lineas generales, es que veamos más cine en catalán a través de diversos mecanismos, bastante criticables según se mire. En mi caso, creo que esta “futura” ley significa una oportunidad perdida. Ya me gusta poco que la política se sirva de herramientas tan poderosas como las leyes para modificar o influir en la conducta de las personas, cuando si la conducta a modificar no es mala para nadie, pero menos me gusta que cuando se use este método no sirva para mejorar esa pauta de comportamiento que no hacia daño a nadie.
En este país, que actualmente se haya en crisis, uno de los pilares más básicos sobre el que estamos construyendo nuestro futuro necesita un refuerzo, porque sino pasaremos del “necesita mejorar” (en referencia al emblemático método de evaluación en la Educación Primaria de Cataluña) al “Houston tenemos un problema”. Este elemento llamado formación debe ser una de las actividades a las que dediquemos más esfuerzos si queremos subsanar los errores que se vienen reiterando en las distintas reformas educativas que se han acometido en el país. Debemos ser conscientes ya de que lo único que nos va a permitir competir en el mundo es gente bien formada ya que carecemos de cualquier poder similar al del Rey Midas. Por tanto y a luz de lo que dicen los informes (léase Informe PISA) tenemos una asignatura pendiente: mejorar nuestra formación.
Y esto último ¿cómo se relaciona con lo primero? Pues es sencillo, pero aguardad. Yo no soy descubridor de una solución transversal a todo el problema, ni mucho menos, pero sí quiero exponer una inquietud personal que pueda arreglar alguna cosilla. La idea, como comentaba sencilla, pasa por usar esa herramienta para convertir el cine en algo más que un puro entretenimiento, en un vehículo de formación para la sociedad. Expuesto así, sin que haya entrado en detalles da miedo, de hecho, creo que esa es la idea que llevaba el gobierno tripartito cuando pensaba en el proyecto de ley del que hablaba antes. Ahora bien, los objetivos que yo perseguiría con esa idea son bien distintos a los que mueven al govern. Los últimos parecen salidos de otra época, de cuando los gobiernos necesitaban elementos que se convirtieran en auténticos símbolos, intocables, de una nación, para el caso es la lengua. Que el objetivo sea que la lengua catalana se convirtiera entonces en un símbolo intocable tiene como consecuencia lógica que se destinen muchos esfuerzos, tanto políticos como económicos, a ese fin. Todos esos esfuerzos implican además que se pague un coste de oportunidad. Oportunidad perdida. Lo que me gustaría entonces es comentar como esa idea sería una excelente, a mi parecer.
Considero que desde los poderes públicos se debería incentivar un mayor y mejor conocimiento de las lenguas extranjeras (y entre estas no está el castellano senyors del tripartit). La excelencia en una supuesta Ley del Cine no está en promocionar que películas extranjeras se traduzcan al catalán, sino que cada vez más el cine se vea en su versión original (en su defecto subtitulada). Consecuencias de lo expuesto: en primer lugar una económica y en segundo lugar una formativa. La primera porque en todas las sociedades hay una demanda latente de ocio (entre ellos el cine) en su idioma, ofreciendo a los directores de cine del país la oportunidad de satisfacer una mayor demanda de cine de producción nacional. Esto a su vez tiene una consecuencia directa para todos y es que el cine español y/o catalán tenga una oportunidad de reducir su dependencia de las arcas del estado y las comunidades autónomas. En segundo lugar, que los que además de ver cine en español acudan a las salas a ver cine extranjero tendrán la oportunidad de familiarizarse con otros idiomas y quizás de hasta aprender algo. Empleando la misma lógica que para el cine, ambas consecuencias también serían extensibles a otros medios audiovisuales como la televisión.
Lo mejor de todo es que no pueden llamarme loco porque tampoco he descubierto nada nuevo. Son muchos los países que tienen algo similar funcionando y parece que de manera efectiva contribuye al aprendizaje de otras lenguas.